Hoy la Luna se queda



Desempolva el Winchester, probablemente lleve tiempo demasiado largo para quien aún esperaba su impacto. 

¿Lo sostienes? Desenfunda pues...


Se descubre a sí mismo en mitad de una espiral de huida hacia delante, donde cada flanco parece apretar y soltar según atice o relaje la marejada, pues no hubo en ningún momento de esta travesía un rumbo que pareciese gozar de cierta lógica y tampoco hubo patrón en cubierta que gozase de la cordura precisa para enderezar el viaje de vuelta en sí mismo. Adelante el catalejo, pero con los resquicios que susurra una marea que siempre devuelve ante la derrota de aquellas aguas inconclusas, preámbulo de su deriva y bosquejo del extravío por el que todavía hoy deambula.

Avista tierra en los confines de la primera luz del día, un suelo aparentemente ya auscultado, cuyo rojizo se asemeja mucho a aquel que se cobijaba entre regueros del satélite favorito de la tripulación. Aguanta su cuaderno de Bitácora, son aguas ya exploradas, aguas quietas en superficie y revueltas bajo el casco, no obstante navega como siempre y atraca acostado a la vera de quien siempre estuvo ahí como quien supiese que no necesitaba estar presente para seguir tan cerca que parece que andan viviendo dos vidas dentro de una misma.

Ya sobre sólido, escombros. Cuando las mareas cambian, sus ruinas quedan atrás. Sus maderos, su ceniza, sus fragmentos del metal afilado que en su día les cortó la mejilla y les hizo entender que no sería tan fácil salirse con la suya. Aun así, entre aquello que el agua devuelve a sus pies hay algo que se niega a naufragar. Una raíz entre cascotes, una rosa entre la madera rota. 


Tal vez llegar a tierra firme no sea encontrar un lugar nuevo, sino descubrir que, pese a todo, todavía quedaba algo por florecer.

Disfrutad, de nuevo.

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